Maria Gato y Victor Amela, periodista y escritor

 

MARÍA GATO EN LA BELLEZA DEL MUNDO

 

 

Artista es quien hace visible lo invisible. Eso consigue María Gato: te descubre lo que tú todavía no habías sabido ver, te lo pinta en sus lienzos. Así es como María Gato embellece el mundo.

 

María Gato es dueña de una hipnótica mirada atlántica, una mirada azul que es brasileña, miameña y gallega a la vez, pero con una luz suya, muy personal. Y con esa luz ilumina un universo que no es otro que la proyección de su alma tersa y cuajada de ensoñaciones, habitada con las señales que le llegan en forma de cuerpos desnudos, de caminos y horizontes, de kimonos polícromos, de músicos y cirujanos, de mujeres de ojos muy despiertos, de perfiles urbanos suspendidos en el tiempo y el espacio... Porque en la pintura de María Gato todo es sensual, pero de una sensualidad inminente, amortiguada en una placenta vaporosa y etérea, de pálpito espiritual.

 

Entras en el taller-domicilio de María Gato y entiendes que la artista está pintando alrededor de sí misma el mapa de su propio mundo, que unas veces viene coloreado de pinceladas cobrizas y doradas, y terrosas muchas otras, e inflamadas en algunos lienzos fogosos, y sosegadas en otras estampas neblinosas que Turner bendeciría. Y en todas esas pinceladas, en todas, laten vibraciones que ni ella sabe de dónde llegan, de dónde brotan, pero que emergen de su alma, tiemblan en sus manos y la rodean de belleza. Y ahí habita cada día María Gato, que de vez en cuándo tiene la deferencia de sacar esa belleza a pasear para compartirla con todos nosotros, como aquí y ahora. Gracias, María.

 

He estado muy pocas veces con María Gato en estos últimos 30 años, que es el tiempo transcurrido desde que la conocí... y entonces ya pintaba. Por esto puedo dar fe a día de hoy, cuándo nos hemos reencontrado, de su conspicua determinación como artista: María Gato persiste en su ambición de envolverse de belleza y de compartirla con quienes sabemos apreciarla, como en una misión alta y noble y como si no hubiese nada más importante que pueda hacerse en este mundo.

 

Y, seguramente, no lo hay.

 

Por eso siguen hipnotizándome los ojos celestes de María Gato y por eso veo cómo su luz baña cada uno de estos lienzos, las líneas de sus carboncillos y sanguinas, las curvas de sus dibujos y óleos, el mosaico vibrátil de sus pinceladas. Porque ahora sé que María Gato ha venido a este mundo para pintar y por eso sé que seguirá pintando, porque queda mucho universo íntimo por desvelar, mucha belleza por expresar, y la pintará y no podrá evitar sacarla a pasear.

 

María Gato, desde dentro y sin hacer ruido, seguirá embelleciendo el mundo.

Víctor Amela

© María Gato 2016