© María Gato 2012

Javier Rioyo y María Gato

 

 

 

MARÍA GATO:  LAS ARMONIAS DISPERSAS

 

No sé cuándo María Gato empezó la interpretación de su mundo pintándolo.

 

Seguramente en su infancia brasileña de gallega trasterrada.  De niña de ninguna parte que soñaba con las plácidas tierras que tardaría en reconocer como suyas.  Y las reconoció intuyendo que la «saudade» la acompañaría siempre.  Nunca se deja de ser gallego aunque te habiten otros espacios, aunque te acompañen otros paisajes.  Como una provinciana universal habitó otros mundos, otras gentes, Barcelona, Miami, Nueva York, Madrid o algún lugar de Austria que apenas conoce y en una época que nunca conocerá.  De esas dispersiones, de esas diferencias parece sacada la pintura de María.  Y, al fondo, una Galicia siempre revisitada.

 

Ese mirar itinerante, ese mezclar los atardeceres madrileños, los mares atlánticos, el mestizaje de la Florida, las noches de jazz neoyorquinas, algunas melancolías brasileñas y alguna pintura europea entre dos guerras forman parte de los paisajes sentimentales de su pintura.  También están los cuerpos, la figura desnuda vista como un hermoso objeto cualquiera.  Y los objetos mirados con el interés del que se detiene en un desnudo, como el que recorre sin prisas un cuerpo.  Y así van saliendo sus tranquilos azules, sus amarillos de tierra castellana, sus rojos rebelados, sus grises sobre la ciudad que está viendo terminar el día.

 

María Gato, su pintura, más detenida en el placer de gozar sin prisas que en los nervios del deseo rápido, está llena de caminos diferentes, de escapadas por caminos que se bifurcan pero que se encuentran, se reconocen.  El director de orquesta se encuentra con placer con el músico de jazz, los cirujanos que abren – posiblemente – algún inquietante cuerpo de una mujer de mirada nostálgica, la figura de belleza ambigua y el bodegón sobrio, la silueta de la ciudad y algunas botellas de licor que espera ser bebido con tranquilidad, todos esos mundos están reinterpretados por María.  Están mirados con libertad, sin prisas, pero sin intención de retratar la realidad.  La realidad no le interesa a la pintora María Gato.  Como los mejores pintores reinventa el mundo, lo detiene con más placer que pasión.

 

Y luego se deja acompañar de la duda.  Ese no estar seguro de cuándo y por qué se termina la obra pintada, ese tener que volver, repintar, cortar y volver a dudar.  La pintura, como la mejor literatura y el mejor pensamiento libertario, se tienen que hacer con necesarias dosis de escepticismo.  Y el escepticismo está de manera hermosa, necesaria en la pintura de María.  Hay una escéptica feliz detrás de cada pintura de María.  Y se debe gozar abandonando el escepticismo.

 

Javier Rioyo

Periodista

Exposición Xunta de Galicia en Madrid – 1995